miércoles, 19 de agosto de 2015

Un poema alcanza

Un poema alcanza a decir
las palabras que nos vienen desde adentro,
y que llenan el silencio con otro silencio paralelo:
más templado, más firme,
construyendo la medida de un nuevo verso.
La mínima armonía que surge
en la paz de habitaciones aisladas
de hoteles de ciudades
que apenas salen en los mapas y
donde las luces amarillas de tímidas lámparas
iluminan la mesa
del escritorio,
desde el cual escribo y acumulo
el testimonio de la jornada.
Un poema alcanza a desear
lo que uno piensa al irse a dormir,
al levantarse cada mañana
pero no es el deseo lo que conduce
todo,
no es el leitmotiv de
la práctica diaria.
El deseo adereza, y,
en todo caso,
le agrega sabor,
a las grises jornadas.
Un poema alcanza para describir
el amor
que uno profesa
y que
con fuerza se incrementa paulatinamente
hacia el siguiente paso,
recorriendo
cada peldaño
del suelo que uno pisa
llevando en el bolsillo
alguna duda necesaria
y unas cuantas certezas resplandecientes,
de los ojos que uno mira
y en los que quisiera
residir de forma permanente.  

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