entre calles grises y resquicios de luz al
cruzar las esquinas.
La ciudad es laberinto y
es desierto,
es entramado de vías,
de trenes y aceras.
Hay magia en la incertidumbre
de los pasos que no hemos dado.
En este momento en el que todo fluye,
y como río que se acrecienta a cada
paso,
nombro esta
plaza en la que la brisa cálida me envuelve.
Te he visto tras
el muro de aquel
jardín escondido
donde solíamos ir.
Caminaría hasta tí,
como si se tratara de lo último que
hiciera, mientras
reviso en mi mente
toda la alegría
que me produce tu presencia.
La música que suena no es la de un piano triste,
ni la de un violín melancólico.
Vencimos al dolor y éso es bastante.
Que suenen alegres las guitarras,
que vengan los ruiseñores a traernos su canto,
que los gorriones se arremolinen
a nuestro lado
y que la mañana
prosiga con su lento paso.
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