lunes, 24 de agosto de 2015

Habitación 316

Habitación 316.
Escucho a mi soledad y me habla
de todo lo maravilloso que ya tengo.
Me cuenta de lo hermoso
que es saberse vivo,
de la grandeza de cosas diminutas,
como un paseo bajo la lluvia menuda
en un otoño adelantado
al norte de Londres.
De todo lo que trata
de abandonar el papel
de víctima enjaulada,
y salir del tedio, de la monotonía y el hastío,
que nos rodea y que nos provocamos
cuando
miramos a la realidad como si la viéramos
a través de un espejo de feria.
Tan elocuente
el estado en que me encuentro,
que me hace pensar
en que el amor, esa sana locura,
siempre estará presente.
En el rostro de los que queremos,
en la sonrisa de los niños,
en la generosidad de una palabra
de afecto,
en comprender al otro
aunque nos perjudique.
En los brazos que no se cansan de abrazar,
en las manos que no se doblan
al trabajar,
en los besos que
damos en la distancia,
cuando nos despedimos de alguien
en una calle transitada
o en la cercanía
bajo la luz de una farola.
Habitación 316.
Mi soledad y yo nos aplaudimos.

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