De niño
subía con mi madre por las tardes
a los jardines de la Alhambra.
Allí jugábamos con los playmobil
o hacíamos barquitos con las
hojas caídas de los árboles
centenarios.
Escuchábamos
el murmullo de los canalillos,
sentíamos
la paz
que proponía
el discurso de las fuentes.
A nuestra partida de aquel lugar,
la luz del atardecer
lo inundaba todo
y al llegar a Plaza Nueva
nos diluiamos
entre el tumulto
de las calles
para retomar el pulso
de lo cotidiano.
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