Cuando escribo un poema
al amor, no espero ningún
premio, ni siquiera una recompensa.
Lo hago por el puro placer
de acariciar palabras de terciopelo,
o seda, de mencionar el color
de la luz del atardecer en
ciudades conocidas y en otras
a las que todavía no viajé
y en las que se puede percibir
la grandeza de una plaza antigua,
decorada con arcos
y glorietas, jardines y fuentes,
la majestuosidad de un castillo
abandonado,
el silencio de un rio,
la autenticidad
de una playa solitaria
en el mes de abril,
a la que me gustaría
invitarte.
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