Por los hijos, por las hijas,
uno intenta mover las montañas,
subir hasta las más altas cumbres,
caminar de manera incansable
largas distancias,
despojarse de los vestidos
si pasaran frío,
darles nuestro último trozo de pan
si les hiciera falta.
Velar por su cuidado,
por su maleta de amor,
con la que un día emprenderán el viaje,
para hacer su vida.
Para entonces,
seremos referencia,
el puerto donde sus barcos,
deseen,
venir a descansar.
Los reencuentros,
dulces abrazos,
la alegría de una casa
que entra por los portones.
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