El Otoño ha llegado
cronológicamente
pero ya estaba presente,
se había instalado
con antelación.
Las ciudades ya podían ver
sus calles llenas de hojas secas,
escuchar al viento que agitaba fuerte los árboles,
observar los días más cortos,
la luz ocre
de atardeceres meditados.
Los cafés se llenan de gentes con prisa,
y de conversaciones necesarias
para el alma.
Dicen que el Otoño es una estación triste,
que representa la decadencia de un ciclo
pero siempre encontré
un cierto gusto
por esos últimos retazos de esplendor
de un periodo.
En esta estación,
los árboles mudan su color,
se fabrica el vino que se bebe
en las tabernas,
las riberas de los ríos huelen a tierra mojada,
y las puestas de sol
tiñen el cielo de un color como el de la sangre,
que derramo, en cada verso
embravecido,
en cada palabra de amor
que se construye
con el permiso del Otoño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario