La tarde recorre caminos
en los que abunda el ánimo,
se extiende la alegría,
reconoce los valles del sudor
y del esfuerzo,
y cuando la energía escasea y
se descubre la presencia
de ese incómodo inquilino
llamado desaliento,
la tarde se da la vuelta
y continúa su senda sigilosamente.
Se cubre de un vestido añil
con brillantes esmeraldas
y se transforma
en la majestuosa noche.
Estación donde paran
los últimos trenes,
que quedan quietos
hasta el alba.
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