martes, 5 de mayo de 2015

Hay islas felices

Hay islas felices
rodeadas de un mar inclemente,
inmisericorde.
En ellas, la vida transcurre
de forma apacible,
a pesar del oleaje,
del vendaval,
de las fuertes tormentas
que dejan
intacta su estructura
En sus ciudades, como
en cualquier otro lugar
del mundo,
la gente trabaja,
se divierte y juega,
construye talleres y fábricas,
se reúne en los cafés,
envía cartas de amor,
despide a los viajeros en los
muelles de los puertos,
abre los brazos
para acoger
al forastero.
En las islas felices,
los niños aprenden
en la escuela cotidiana
de las calles, las plazas,
el mercado, las Heras.
A contar historias,
los primeros números,
a hablar de emociones
y sentimientos,
a destrabar el camino
y surcar los cielos.
Las islas felices no son una
idea naïf.
Son tan reales
como el sol
que las calienta.

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